CAPITALISMO

      Y EMANCIPACIÓN NACIONAL Y SOCIAL

      DE GÉNERO

      Iñaki Gil de San Vicente


      1-4).-CUATRO FASES EN LA ECONOMÍA POLÍTICA BURGUESA:

      Fue en este contexto en el que la economía política burguesa clásica dio sus primeros pasos decisivos. Y decimos primeros porque queremos insistir, de un lado, en el movimiento de esta teoría dependiendo de la marcha de la lucha de clases globalmente analizada, que no en su sentido restrictivo y mecanicista, y, de otro lado, dentro de ese movimiento queremos remarcar sus cambios de forma pero insistir en sus continuidades de fondo, esenciales y definitorias en cuanto modo de producción. Es por esto que la primera fase, la de Adam Smith (1723-1790) y de David Ricardo (1772-1823), no puede ser abstraída no sólo del marco de luchas sociales y de creciente competencia y guerras intermitentes entre los Estados burgueses, sino tampoco del sistema conceptual del patriarcado, con su ontología masculina, su axiología misógina y su epistemología falocéntrica, con sus correspondientes definiciones sobre las cualidades masculinas y deficiencias femeninas. La ideología liberal del individuo autónomo con respecto a la sociedad e independiente con respecto a un Estado reducido a lo imprescindible - el mito del 'laissez faire'- y la estimación del mercado como lugar en el que deben moverse y triunfar las virtudes públicas masculinas de virilidad, audacia, iniciativa, análisis, riesgo, cálculo, etc., esta ideología es inseparable de la economía política burguesa. Como es inseparable de ella también la caracterización totalmente contraria a la anterior de la mujer como pasiva, emotiva, sentimental, desprendida, que prefiere el mundo de lo privado y conciliador al mundo de lo público y competitivo. Si en la ideología patriarcal la guerra es para los hombres, en la ideología burguesa lo es el mercado. La fusión de ambas ideologías dio como resultado la figura del empresario agresivo, con mentalidad de estratega militar que pugna en el mercado, que no es sino el campo de batalla de la guerra económica. Son las necesidades de esta "guerra" las que explican el destino de la mujer como parte especial de lo que Marx definió muy correctamente como "ejército industrial de reserva", al tratar el paro.

      Tanto la economía política burguesa como la ideología liberal e individualista dominante, que forman una unidad, han permanecido invariables en su esencia a lo largo de tres siglos, cambiando en su forma según las necesidades de la lucha de clases. Pero en el tema concreto de la opresión de la mujer, esa variación ha sido bastante menor que en el del trato dado a la fuerza de trabajo masculina. Es decir, el capitalismo ha sido mucho más flexible para con los trabajadores que para con las mujeres. La razón es muy simple: que éstas forman la reserva de la reserva, lo último que se moviliza porque, en cuanto mujer, también tiene otras "tareas" que realizar, igualmente necesarias para el capitalismo. Aquí debemos recurrir una vez más al paradigma patriarcal grecolatino tan bien expresado, de nuevo, por Aristóteles al reconocer que incluso un campesino libre pobre que carecía de un esclavo para trabajar su tierra tenía la ventaja de disponer de una mujer para hacerlo, su esposa. O sea, la reserva de la reserva. ¿Qué características específicas tiene la mujer para ser tratada de esa forma por la economía política burguesa y por la economía patriarcal precapitalista? Esta es una pregunta clave que exige una respuesta más detenida que intentaremos sintetizar en el apartado siguiente. Ahora nos interesa dejar constancia de cómo la economía política burguesa, al margen de sus corrientes internas, no sólo se ha apropiado de la lógica patriarcal precapitalista, adecuándola a sus necesidades, sino que, además, va adaptando y cambiando la justificación de esas necesidades según los vaivenes de la economía, o sea, del beneficio y de la ganancia que es lo que cuenta en definitiva y que, por último, estas fluctuaciones son causadas también por las luchas y conquistas de las clases trabajadoras y de las mujeres.

      La segunda fase se inicia cuando desde entro mismo de la intelectualidad burguesa más académica se reniega de sus propios clásicos. Es sabido que Smith y Ricardo llegaron a un punto crítico a partir del cual o bien avanzaban en la denuncia del capitalismo o bien se detenían aceptando sus contradicciones, como se aprecia en la obra cumbre del segundo -"Principios de economía política y tributación"- de 1817. Las críticas de Marx contra ellos surgen precisamente de eso, de su incapacidad para seguir la investigación teórica. Otros economistas burgueses no se atrevieron ni a eso, sino que retrocedieron burdamente, eran los calificados por Marx como "economistas vulgares", y de los que no vamos a hablar porque sólo hicieron apología de la explotación. Sin embargo, desde la mitad del siglo XIX se desarrolló una teoría abiertamente reaccionaria que ha recibido varios nombres -neoclásica, marginalista, etc.- y que significativamente apareció en varios países impulsada por autores como Walras (1834-1910), Jevons (1835-1882) y Menger (1840-1921), entre los más importantes. Estos teóricos no vivieron el miedo de la burguesía europea por las luchas obreras de 1830-31, pero sí el terror burgués por las de 1848-49 y sobre todo su pánico por las de 1871. Y sus teorías van precisamente el romper el armazón no sólo del marxismo, del que conocían muy poco por no decir nada de importancia, sino fundamentalmente contra las teorías de Smith y Ricardo en cuanto que habían rozado el cuestionamiento burgués progresista del modo de producción capitalista. Fundamentalmente atacaron, además de otras tesis, la versión burguesa de la ley del valor trabajo, abriendo una corriente propagandística que hoy mismo domina en el pensamiento oficial y tiene en el llamado "neoliberalismo" su directo sucesor y heredero práctico.

      Pero lo que ahora nos interesa es que estos autores redujeron la teoría económica a un simple problema de números, de aritmética, de estadísticas y de fórmulas matemáticas, expulsando la vida real, las luchas y las prácticas sociales, y llevando a la abstracción suma la ideología liberal del individuo libre, consciente, utilitarista y egoísta calculador del beneficio marginal que obtiene en la competencia del supuesto libre mercado. En esta visión idílica e irreal las mujeres desaparecen más incluso que los hombres, tragadas definitivamente por la total ausencia tanto de la realidad del doble trabajo, como de la injusta división sexual dentro del trabajo asalariado como, por último, de la explotación patriarcal en la vida cotidiana. Visión irreal e idílica no sólo porque las clases obreras estaban luchando con dureza y consciencia crecientes, sino porque las mujeres también lo hacían, e incluso superaban a los hombres en valentía y heroísmo como lo demostraron en las barricadas de la Comuna de París de 1871. Y si no se puede descontextualizar el surgimiento y la función reaccionaria del marginalismo del miedo burgués a las luchas obreras, tampoco se puede olvidar el papel creciente de las mujeres trabajadoras en esas luchas y en otras que han sido silenciadas por la historiografía patriarco-burguesa. El tránsito del colonialismo al imperialismo; las tensiones interimperialistas en aumento; las oleadas de luchas europeas y coloniales y la revolución rusa de 1905; la sangrienta guerra mundial de 1914-18; la revolución rusa de 1917 y la oleada de revoluciones y contrarrevoluciones posterior, y la estremecedora crisis de 1929 etc., estos y otros acontecimientos tuvieron lugar durante la vigencia del paradigma económico neoclásico, y fueron las mujeres las que peor salieron paradas, las que más sufrieron y pagaron las consecuencias de la avaricia criminal imperialista, legitimada teóricamente por los padres del actual "neoliberalismo".

      La tercera fase de las relaciones entre la mujer y la economía burguesa se instaura con el giro de las burguesías más poderosas hacia una política abiertamente intervencionista por parte del Estado. En realidad nunca ha desaparecido el intervencionismo estatal en la economía, como veremos en su momento, lo que ha ocurrido ha sido que éste ha abarcado más o menos campos y ha sido más o menos explícito y público. Por ejemplo, el capitalismo japonés nunca hubiera llegado a ser lo que ha sido hasta su gran crisis de finales de los años ochenta sin la aplastante intervención del Estado durante todos los días del año, así durante más de un siglo. Mussolini fue un intervencionista total, como Hitler y como Roosevelt. Lo fueron antes de que se aceptaran por el capitalismo internacional las teorías de Keynes (1883-1946). Más aún, sin esas prácticas anteriores, Keynes habría tenido muchas más dificultades para que sus teorías fueran aceptadas. Pero fue una vez más el miedo burgués a la lucha de clases y a la fuerza de la URSS la que forzó al capital a aceptar el keynesianismo. La propaganda burguesa y socialdemócrata ha mitificado el supuesto "Estado del Bienestar" cuando sólo ha sido una táctica dilatoria para frenar la crisis capitalista haciendo que el Estado interviniera masivamente apoyando a las grandes empresas, fortaleciendo el complejo industrial-militar, pagando con el presupuesto público grandes obras de infraestructura para facilitar la circulación de capitales y disminuir el paro, e interviniera en la política fiscal y en la evolución de los tipos de interés. Secundariamente, proponía un cierto aumento del salario obrero directo e indirecto para compensar el aumento de los impuestos y a la vez aumentar la producción de mercancías de consumo popular.

      El efecto sobre la mujer fue doble pues, de un lado, incrementó la demanda de fuerza de trabajo, o sea, la doble jornada de trabajo, en un momento en el que el sindicalismo y la patronal seguían defendiendo el que la mujer cobrase menos y trabajase en los peores puestos y, de otro lado, aceleró la compulsión consumista al facilitar la compra a crédito y al ofertar mercancías que reforzaban el modelo familiar nuclear en vez de otra forma de vida familiar. La "línea blanca" -frigorífico, horno, lavadora, etc.,- estaba pensada para el "dulce hogar" de las polucionadas barriadas obreras con sus grandes torres de pisos aislados en medio de la masa urbana incomunicada. La técnica puesta a disposición de la mujer para que ahorrara tiempo de trabajo en casa estaba -y sigue estando- pensada no para emanciparla sino para facilitar el funcionamiento de la familia patriarco-trabajadora como lugar de formación y recuperación psicosomática de la fuerza de trabajo. El sistema educativo, sanitario, de transportes, etc., lo que se llama "servicios sociales" buscaba desactivar la conciencia obrera e intensificar el doble trabajo de la mujer y la viabilidad de la familia nuclear, con su correspondiente comportamiento sexual y afectivo, cultural, consumista, etc. El keynesianismo no se planteó ayudar a la emancipación de la mujer sino ayudar a que la burguesía explotara a la mujer bajo una apariencia de "libertad" asegurada por el aumento de gastos e ingresos, los "servicios sociales" y la relativa seguridad en el trabajo extradoméstico.

      La cuarta fase comienza precisamente cuando el keynesianismo se agota tanto por las crecientes luchas sociales y por el aumento de la conciencia y organización de las mujeres, como por el desenvolvimiento de las contradicciones endógenas inherentes al modo de producción capitalista. Esta dialéctica es la que explica que desde finales de los setenta, por poner una fecha tope, el grueso de las burguesías optaran abiertamente por resucitar el viejo marginalismo, la teoría neoclásica anterior al keynesianismo, pero ahora denominándola "neoliberalismo". No hace falta decir que, desde mediados de los setenta e incluso antes según la marcha de la crisis en cada Estado, las mujeres eran las primeras víctimas en y de las medidas de la burguesía. Despedir fuerza de trabajo y aumentar el ejército industrial de reserva es una medida común y necesaria para el capitalismo, y las mujeres son las primeras en ser despedidas o sometidas a un empeoramiento de sus condiciones de trabajo. Los sindicatos obreros, dominados por los hombres, toleran y hasta aplauden esos ataques de género. También toleran que los nuevos puestos de trabajo que puedan encontrar sea mucho peores que los anteriores, precarizados, sin seguros, y sometidos al acoso sexual creciente. El llamado "neoliberalismo", en este asunto, ha repetido y multiplicado la salida tradicional del patriarcado de todos los tiempos, pero dentro del capitalismo: descargar más sobre la mujer que sobre el hombre la ofensiva contra el trabajo.

      Decimos que ha multiplicado los ataques y añadimos que lo hace con público cinismo porque un poder básico del llamado "neoliberalismo", como es el siniestro Banco Mundial, tuvo la desfachatez de escribir en un documento oficial -"Una mayor participación de la mujer en el desarrollo económico"- lo siguiente: "Las políticas que ajuste que entrañan estabilización macroeconómica, reforma del gasto público, reestructuración de las empresas públicas y reforma de la política comercial pueden, a corto plazo, tener efectos adversos en la población. En algunos países y en ciertas situaciones , esos efectos pueden recaer en forma desproporcionada en las mujeres (...) las políticas de ajuste pueden producen efectos adversos a corto plazo, que pueden ser más pronunciados para las mujeres que para los hombres, y las mujeres no siempre obtienen beneficios inmediatos como consecuencia de los cambios favorables de política. Al proyectar las operaciones de ajuste, es importante reconocer la diferencia de efectos adversos de las políticas de ajuste en el corto plazo. En la medida en que los efectos se pueden identificar, el Banco deberá incorporar medidas de protección social en el programa de ajuste. Si los datos son insuficientes para evaluar las diferencias en las repercusiones de las políticas de ajuste, el Banco deberá ayudar al gobierno a generar datos desglobados por sexos" (1995 Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento/BANCO MUNDIAL. 1818 H Street, N.W. Washington, D.C. 20433 EE.UU., págs 80-81).


      2.- BENEFICIOS MASCULINOS DE LA OPRESION DE GENERO.

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